La forma en que los padres educan a sus hijos ha variado drásticamente con el paso de las décadas. En el pasado los azotes (o nalgadas) eran un ‘método’ de corrección ampliamente aceptado y aplicado, actualmente está comprobado que no solamente no funciona, sino que afecta el desarrollo y la salud integral de los pequeños. Gritar, por su parte, tiene un efecto similar.

En la actualidad -lamentablemente- es común escuchar que los padres les gritan a sus hijos ante la más mínima provocación. No obstante, pese a ser una práctica común, se trata de un reforzamiento negativo que resulta ineficaz y genera resultados contraproducentes: los niños se vuelven más ‘rebeldes’ y, por si fuera poco, ven afectada su salud.

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De acuerdo con un estudio publicado en la revista especializada The Journal of Child Development, en los hogares donde los gritos son recurrentes, los niños tienden a desarrollar problemas de salud como:

-Baja autoestima.

-Índices más altos de depresión.

-Altos niveles de ansiedad y estrés.

-Problemas de conducta.

En pocas palabras, gritar produce en los niños secuelas similares al castigo físico, concluyó la investigación.

Método ineficaz

“Si tu objetivo como padre es sacar el enojo del cuerpo y demostrar lo enfadado que estás, entonces gritar está perfecto. Pero si la meta es modificar una conducta del niño o desarrollar un hábito positivo, esa no es la manera de lograrlo”, aseguró Alan Kazdin, profesor de Psicología y Psiquiatría Infantil en la Universidad de Yale, en Estados Unidos.

Los gritos no hacen que los niños vean a los padres como alguien con autoridad, sino como alguien fuera de control. Además, gritar con el fin de reformar una conducta no es eficaz y lo único que logra es infundir el hábito de los gritos en los niños, subrayó el especialista.

Recomendación

En lugar de recurrir a los gritos, Kazdin promueve un programa llamado el ‘ABC’ (por las iniciales en inglés de Antecedentes, Conductas y Consecuencias). Este consiste en explicarle al niño, con antelación y de forma específica, lo que quieres que haga. Posteriormente esperar la respuesta del menor, si esta se lleva a cabo se debe dar una expresión de aprobación acompañada de un gesto físico, como un abrazo.

Por ejemplo, en lugar de gritarle a un niño todas las noches porque dejó los zapatos tirados en el suelo, pedirle por la mañana que, al llegar a casa, los guarde. Los padres deben asegurarse de hacer lo mismo cuando lleguen a casa. Si el menor colocó los zapatos cerca del lugar donde deben estar, decirle que hizo un gran trabajo y luego darle un abrazo.

“Buscamos crear hábitos. Esta práctica modifica el cerebro y, en el proceso, las conductas que buscabas eliminar (toda clase de berrinches y discusiones) simplemente desaparecen. Como efecto secundario, al realizar estas acciones, la depresión y el estrés de los padres se reducen y las relaciones familiares mejoran”, enfatizó el experto. El elogio funciona, el castigo no, subrayó.

 

Vía: The New York Times