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Durante la adolescencia y la adultez temprana, los cerebros en desarrollo están conectados para buscar grandes recompensas neurológicas, lo que resulta en la práctica de conductas riesgosas asociadas con esta etapa de la vida. La mayoría de los adultos jóvenes disfrutan de una buena salud y de una gran reserva fisiológica, lo que les permite tolerar los embates del uso de sustancias sin un impacto notable, hasta que los efectos acumulativos comienzan a manifestarse en la edad adulta media, o al menos se suponía que ese era el caso antes de la pandemia de coronavirus.

A diferencia de otros factores que elevan el riesgo de casos graves de COVID-19, las conductas de riesgo como fumar y vapear también aumentan de forma inherente el riesgo de transmisión de virus respiratorios. Fumar y vapear suelen ser actividades sociales comunes entre los adultos jóvenes. Ambas implican exhalar con fuerza, lo que puede impulsar las gotas que transportan partículas virales más allá de la respiración en reposo. Por ejemplo, los gobiernos de los países afectados recomiendan que las personas permanezcan a una distancia mínima de 2 metros y eviten compartir productos, aunque las personas que se juntan para fumar o vapear quizás no cumplan con dichas pautas. No hace falta decir que usar productos de tabaco es incompatible con el uso de una máscara facial o cubrebocas. Tales factores combinados representan una amenaza real en los lugares donde se reúnen los jóvenes, incluidos los colegios y universidades. Las escuelas harían bien en instituir reglas estrictas de no fumar ni vapear, y hacerlas cumplir enérgicamente como parte de un plan de contención de la pandemia de COVID-19.

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Las personas más jóvenes suelen ser demasiado confiadas respecto a los riesgos para la salud. También tienden a sobrestimar su propia capacidad para controlar una situación y se consideran invencibles, pues piensan que podrán dejar de fumar cuando lo deseen. Un poco de confianza adicional puede ser útil durante la transición a la edad adulta, incluso si se basa en una evaluación incorrecta de las propias capacidades. Pero esa misma confianza puede causar problemas reales durante la pandemia. La idea de que las personas más jóvenes están a salvo de la COVID-19 es inexacta. Un informe inicial de los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC) señala una de cada cinco personas de entre 20 y 44 años que se infectan es hospitalizada, y entre el 2% y el 4% requieren tratamiento en una unidad de cuidados intensivos.

Por ello, lo mejor que podemos hacer por los jóvenes es brindarles información precisa en torno a los riesgos por comportamientos arriesgados como el tabaquismo. Más que cualquier otro grupo, los adultos jóvenes que pueden dejar de fumar y vapear tienen el poder de aplanar sus propias curvas de riesgo personal.

 

Vía: Harvard Medical School